lunes, 16 de noviembre de 2015

Día de oír las olas

Ocean Spray 

Se las puede oír en el bosque: vienen desde lejos, se acercan, retumban, redoblan, amenazan. Uno espera que rompan, pero no: pasan por sobre nuestras cabezas, siguen viaje. No son olas, nos decimos. Es el viento que mueve las hojas.

Pero es una ola. El hecho de que las hojas permanezcan más o menos en su lugar es irrelevante. Es tan ola como la que hacen las personas en un estadio. La vemos, la describimos: ahí viene la ola, ahí se va. Cuando la ola pasa, nada ha cambiado. Pero ahí está, por allá vino, por allá se fue.

Contales, Richard:
¿Acaso a ninguno inspirará la imagen que del universo hoy tenemos? Este valor de la ciencia sigue sin ser cantado por los poetas; uno se ve reducido no a escuchar una canción o un poema, sino una lección vespertina sobre ella. Todavía no es la nuestra una edad científica .
   Tal vez una de las razones de este silencio sea que es preciso saber leer su música. Por ejemplo, el artículo científico puede decir, «El contenido de fósforo radiactivo del cerebro de la rata decrece a la mitad en un periodo de dos semanas». Ahora bien, ¿qué significa tal cosa?
Significa que el fósforo que hay en el cerebro de la rata —y también en mi cerebro, y en el suyo— no es el mismo fósforo que había en él hace dos semanas. Significa que los átomos del cerebro están siendo reemplazados: los que antes se encontraban allí se han ido.
   Observar que eso que yo llamo mi individualidad es tan sólo una configuración, una danza; eso es lo que lo significa el descubrimiento de lo que tardan los átomos del cerebro en ser reemplazados por otros átomos. Los átomos llegan a mi cerebro, danzan en él su danza y después se van —hay siempre nuevos átomos, pero danzan siempre la misma danza, recordando cómo era la danza de ayer.

Richard Feynman, El valor de la ciencia
Reformulemos: la ola es una danza. Las hojas, las moléculas de agua, danzan y después la ola se va, sigue su camino como nosotros, otras olas mirando las olas. Nos creemos especiales, y lo somos, pero no tanto. La mayor diferencia es que nuestras olas, cuando se hayan ido, pueden haber cambiado algo.



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