lunes, 19 de octubre de 2015

Día de mirar hacia adentro

Double Helix

Está ahí, dentro de cada célula, al final del tunel del microscopio: el ADN. Un collar doble, con cuatro tipos de cuentas nada más. No parece que hubiera en él patrón alguno. Es como escuchar a alguien hablar un idioma desconocido: sabemos que hay palabras, pero no distinguimos una de otra. La célula distingue: en un punto, sabe, comienza una palabra: un gen. Para distinguir el blanco entre palabras, necesitamos los ojos; para reconocer los blancos entre genes, la célula utiliza proteínas.

Las palabras, leídas u oídas, se transforman en señales neuronales que llegan a los centros del lenguaje. Allí, las señales explotan como fuegos de artificio; no alcanza con el significado de cada una: cada una connota, dispara en el cerebro nuevas señales que no estaban escritas, que no fueron oídas. A su vez, se relacionan con las otras palabras que las acompañaban.

Las proteínas reconocen los genes, los traducen a su significado final: más proteínas liberadas dentro (o fuera) de la célula. Allí, cada proteína tendrá sentido solo en relación con otras; cada una disparará nuevas reacciones químicas, se unirá a otras proteínas, cambiará el entorno sutil o drásticamente. Esos cambios, a la larga, hará que lleguen señales a otras proteínas, que irán al ADN y leerán nuevos genes, escribirán nuevas proteínas. Igual que las palabras, finalmente, generarán una respuesta, nuevas palabras habladas o escritas. Un poema, una canción, una lista de supermercado.

Nos creemos gran cosa, los sapiens, por haber inventado el lenguaje. Pero ya estaba inventado.

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