miércoles, 15 de julio de 2015

Día de librarse a la suerte

The harvest


Hay una anécdota bastante repetida que ilustra la creencia de la brujería entre los azande, estudiados por el antropólogo E. E. Evans-Pritchard. Cuando un techo infestado de termitas cayó sobre un grupo de personas, los azande lo atribuyeron inmediatamente a la brujería. Evans-Pritchard les hizo notar que la causa de la caída del techo era completamente natural y esperable; a lo que los azande respondieron que ya lo sabían, pero que eso no explicaba por qué el techo había caído justo cuando había gente debajo, y justo ese techo en particular.
El pensamiento mágico ama lo único, la anomalía, la coincidencia. El científico aprende que lo azaroso es lo normal, que la generala servida eventualmente aparece si se insiste lo suficiente. Decenas de cuadros caen de sus clavos cada día; es cuestión de tiempo que uno caiga justo cuando los nietos están hablando de la abuela retratada. El pensamiento mágico pregunta por qué ese cuadro, esa abuela. El pensamiento científico se encoge de hombros y responde que a alguno le tenía que tocar. El azar es lo común.
Más aún: el azar es lo molesto, es el ruido. La magia estimula el azar: busca la palabra de los dioses en las entrañas de un animal, en el capricho de los buzios. Repeticiones y estadística mediante, el científico busca deshacerse de lo aleatorio para poner al descubierto la regla, lo regular. Para la ciencia, lo azaroso no es la escritura de los dioses: es el borrón de tinta que dificulta la lectura. Para la ciencia, los dioses son zurdos.

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