martes, 12 de mayo de 2015

Día de perder el pelo y las mañas

Peeling walls, por Sebastian Niedlich (Grabthar)
Decía Annie Lennox que la vida es eso que te pasa cuando no estás haciendo el día D. Entonces, tras una considerable dosis de vida, heme aquí de vuelta. Vaya esta entrada por:

1. Día de dar la nota
2. Día de hacer el bien sin mirar a quien.
3. Día de revolcarse en el barro
4. Día de refugiarse en un tapiz
5. Día de quedar bien con Dios y con el Diablo
6. Día de lijar madera
... y este de hoy

756 palabras de yapa

Cerrás la notebook. AZRAEL666 tiene la extraña capacidad de irritarte con muy poco. Sobre todo porque sabés que en el fondo tiene razón: no hay salida de esto. ¿Cómo van a hacer algo ellos, si vos no hacés nada? Y sin embargo, Salgari. La realidad es una carga inutil; supera a la ficción, sí, pero abruma. Quién quiere todos esos detalles, la caspa, la mugre en las uñas. Quién quiere las veces innumerables en que uno se rasca, se acomoda, pestañea. La ficción puede prescindir de todo eso, resaltar lo que desee, establecer sus pocas reglas. Entonces: Salgari. Pero igual, AZRAEL y la madre que lo parió. O que la parió, lo que sea que se esconda detrás del nick.
Te vestís. En San Telmo hay uno o dos bares en los que podés sentarte durante horas, con música aceptable. Escribir hasta la madrugada, dormir en el colectivo de vuelta, ducharte, seguir durmiendo. Es un buen plan, te ha funcionado varias veces.
En la parada, la noche está más fría de lo que esperabas. La campera de jean no es suficiente contra el viento, pero no vas a volver. El colectivo llega y subís. Conseguís asiento y sacás la libreta, listo para escribir. No pasa nada. Te falta inspiracion. (Te falta sexo. Si será imbecil.)
La birome hace un rayón en el papel y apenas conseguís evitar el golpe en la cabeza. El chofer baja del colectivo y sube para anunciar que la unidad está fuera de servicio. Llevanos en las decenas, pensás.
Bajan todos de la unidad, con aire penitenciario. Están en la 9 de julio. Decidís caminar. Caminar es bueno para las ideas.
No tardás en arrepentirte: el viento vuelve, más insidioso que antes. Aun así, seguís adelante. Así deben morir los lemmings, de testarudos nomás.
El bar está en una esquina. Es grande, vidriado, con luces blancas muy ténues sobre las mesas y una iluminación general más bien rojiza, como la luz de una linterna a través de los dedos. Lúgubre de una manera metálica y despersonalizada, elegante con una elegancia que se perdió en la traducción. Por qué no.
Una maître de uniforme tan negro y ajustado como su pelo abre la puerta. No pregunta si venís con alguien; hace un gesto y te guía hasta una mesa. Enseguida llega un mozo adusto, de esos que ya han dejado la cortesía atrás. Mejor: no volverá a mirarte una vez que pidas. Una cerveza. El mozo casi que alza una ceja y se va.
Se te acerca una muñeca de animé. Pelo lacio, negro como el de la maître, pero ahí termina el parecido. Lleva un vestidito blanco ceñido. Las tetas le asoman apenas por el escote, pero igual se ve que son enormes. Los zapato son blancos también, como nuevos; las medias y dos hebillitas en el peso, rosadas. Mientras avanza, esboza una media sonrisa, como si supiera algo que vos no, como si ambos supieran algo que el resto del mundo no.
—Hola lindo.
La mirás y sonreís.
—Ya sé, estoy un poco gato con esta ropa, ¿no? —dice mientras apoya una mano en bajo el escote. Las uñas rosadas recorren la tela hacia abajo—. Pero me porto bien. ¿Me invitás un trago?
Sabé que es una trampa, pero hay algo tan teatral, tan trillado en la situación, que no podés evitarlo. Asentís, y la media sonrisa se transforma en una sonrisa entera. Debe tener feos los dientes, porque no los muestra. A cambio, frunce la naricita al sonreír. Debe estar tan operada como las tetas. Es perfecta, refulgente y completamente falsa. Como el bar.
Se sienta y arrima la silla a tu lado. Las piernas se tocan y ella se contonea de una manera imperceptible, ondula como una oruga que recorre tu cuerpo. No podés evitar alejarte un poco. Ella toma nota. El mozo llega con una cerveza y un vaso de algo que semeja whisky.
—Sos un amor, te gastaste todo en mí —dice al ver tu cerveza. Vení que te compenso.
Mientras te roza la mejilla con los labios, apoya la mano en tu muslo.
—Ay, manché con rouge. Qué va a decir tu novia.
No querés seguir por este camino, al menos hoy. Sacás la libreta del bolsillo, dispuesto a explicarle, pero ella se adelanta.
—¡Un escritor! Qué lindo, hoy son dos. ¿No querés una musa inspiradora?
Sonreís como un tarado y negás. Ella sonríe con toda la cara, ahora. Los dientes también son como el bar. Al irse logra rozar todo su cuerpo contra el tuyo.

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